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domingo, 8 de febrero de 2015

"Te conjuro Satán, príncipe de este mundo" :: España :: Religión Digital

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"Te conjuro Satán, príncipe de este mundo"

(José M. Vidal).- "Te conjuro, Satán, enemigo de la salvación humana, reconoce la justicia y la bondad de Dios Padre. Te conjuro, Satán, príncipe de este mundo, reconoce el poder y la fuerza de Jesucristo, que te venció en el desierto, prevaleció en el huerto y te despojó en la cruz. Retrocede de esta criatura [se dice el nombre] que, al nacer, Cristo lo hizo hermano suyo y, muriendo, lo adquirió con su sangre". Ésta es la parte principal de la fórmula del conjuro del exorcismo.

Por eso, la raíz de la palabra exorcismo significa conjurar y la Iglesia lo define como 'la invocación del nombre de Dios, hecha con el fin de alejar al demonio de alguna persona, animal, lugar o cosa'. Se trata de un rito perfectamente regulado por el Código de Derecho Canónico que, en el canon 1172, prescribe que 'nadie puede realizar legítimamente exorcismos sobre los posesos, sin licencia peculiar y expresa del Ordinario del lugar' (el obispo).

De ahí que para echar demonios, no valga cualquier cura. El Código Canónico señala que 'el ordinario del lugar concederá esta licencia [de exorcista] solamente a un presbítero piadoso, docto, prudente y con integridad de vida'. El exorcismo católico sólo es, pues, lícito y válido en estas condiciones. Cuando se realiza por un exorcista debidamente autorizado por su obispo, el exorcismo es un combate a muerte contra el diablo en nombre de Dios, en el que Satán siempre termina derrotado. Aunque éste consiga hacer cosas prodigiosas, como girar la cabeza del poseso 360 grados o reptar por el suelo como una serpiente, hablar con voz de ultratumba o entender latín y lenguas extrañas.

El exorcismo puede durar horas y horas, durante días o sólo un par de sesiones. Depende del diablo que haya que expulsar. 'Los hay burlones y sarcásticos, los hay mudos, que se resisten a hablar. Cada uno tiene su propia personalidad', explica en sus libros el exorcista madrileño José Antonio Fortea.

El rito consiste en conjuros y oraciones a Dios pidiéndole que libere a su criatura. Los peores gritos y convulsiones se producen al inicio de la oración de conjuro. Durante el ritual, el exorcista es ayudado por cuatro o seis personas que sujetan al poseso. Éste suele escupir, gritar y lanzar terribles alaridos y risas malignas. A veces, hay que atarlos. Algunos posesos muerden. Pese a que cada exorcismo tiene sus propias características, algunos expertos han señalado los pasos a seguir. En primer lugar, el exorcista, acompañado de un crucifijo, ordena al diablo que se limite a contestar, sin creer nada de lo que haga o diga el poseso. Después, debe hacer la señal de la cruz o rociar con agua bendita las partes del cuerpo más afectadas. Finalmente, se pregunta al diablo el por qué de la posesión y, tras imponer las manos sobre la cabeza de la víctima, se conjura al demonio a que abandone el cuerpo: 'Sal fuera, Satanás'.

Una vez liberado del diablo, el poseso recobra su aspecto normal, no recuerda el exorcismo para nada y suele preguntar: '¿Qué hago en el suelo?'. Eso sí, siente un cansancio enorme, como si le hubieran dado una paliza. En contra de lo que suele creerse, no es cierto que los demonios digan los pecados de los colaboradores del exorcista y tampoco que se cumplan las profecías o las maldiciones que les echan.

Según la doctrina católica, el diablo reafirma su presencia en este mundo por medio de la posesión. Se trata de un fenómeno sorprendente en virtud del cual el demonio invade el cuerpo de un hombre vivo y mueve sus órganos en su nombre y a su gusto, como si se tratase de su propio cuerpo, reside realmente en su interior, habla y lo trata como propiedad suya. Los signos externos de la posesión son: ponerse furioso por una oración o ante el agua bendita o el crucifijo; hablar o entender lenguas desconocidas; conocer cosas ocultas o distantes y mostrar fuerzas físicas fuera de lo normal.

Las causas de la posesión pueden ser: el pacto con el diablo, asistir a sesiones espiritistas o a cultos satánicos, que un hijo haya sido ofrecido por su madre a Satanás o que alguien sea víctima de un maleficio o de un mal de ojo. En contra de lo que suele creerse, la posesión no se contagia. En ninguna parte del globo se ha dado un solo caso en que la convivencia haya provocado la posesión de otra persona. Ni siendo esposos, ni compartiendo lecho. La posesión tampoco es una enfermedad psicológica. Según la Iglesia, puede curarse con oración.

ConEl demonio, según el padre Fortea, es 'feo, un ser oscuro y tentador, que suele presentarse en forma de sombras que se mueven, engendros monstruosos o niños pequeños de color completamente negro'. El diablo puede gozar del placer de conocer, pero no del de amar, es pragmático, no puede hacer verdaderos milagros pero sí prodigios y no ve el futuro, pero puede deducirlo o conjeturarlo con su especial inteligencia. Pero a pesar de sus espectaculares facultades, puede ser vencido por el poder de Cristo en el exorcismo. 'Señor, en tu nombre incluso los demonios se nos someten' (Lc. 10, 17).



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